ANtoNIO J. DESMONTS

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Antonio J. Desmonts (Cartagena, 1942-2020) vivió más de cuarenta años en Barcelona. Fue traductor, escritor y, como actividad privada, dibujante.

 

De la infancia recordaba con especial gusto los periodos veraniegos en casa de sus tías solteras en un pueblo de la Vega de Granada. Allí no se regían por dinero, sino por intercambio de servicios y alimentos u otros bienes. Tampoco se regían por el reloj. Buen estudiante en primaria y secundaria, desde pequeño cursó siempre, como tarea extra-escolar, las asignaturas de inglés (convencido él de que se trataba de un invento, tan monolingüe era su medio) y matemáticas. Estaba destinado por la familia –una familia de farmacéuticos: padre, tío, hermano, sobrinos- a la ingeniería, como un abuelo y un bisabuelo. Éste estuvo construyendo el canal de Suez junto a un compañero de estudios, Ferdinand de Lesseps, francés, como él. 
Sin embargo, Antonio escogió medicina y se fue a vivir a Madrid en 1960. Fueron sus inquietos años de formación. Abandonó medicina para estudiar sociología con Aranguren, Tierno Galván, García Calvo y otros catedráticos antifranquistas en una escuela universitaria que fue clausurada por orden gubernativa. Pasó pues a ciencias políticas, pero poco antes de acabar la carrera, decidió abandonarla y dedicarse a la praxis política. Para ello volvió a su ciudad natal.  En Cartagena centró su actividad en la militancia dentro del partido comunista, el PCE. Leyó mucho.
En 1968 se trasladó a Barcelona para trabajar como redactor en la Editorial Salvat, ciudad en la que residió hasta el año 2009. Intercalaba periodos de residencia en una masía del pueblo de Sant Joan de Mediona. Supuso una larga época de estabilidad solo interrumpida al principio por una estancia en Londres, que duró el curso 69-70 y por algunos viajes o estancias más breves en el extranjero. En Londres fue donde empezó a traducir. Tuvo un hijo en 1972, Quintí Desmonts Romaní. Publicó un libro de cuentos (Los tranvías de Praga), una novela (La Costa) y numerosos relatos en revistas literarias. Siguió su labor como traductor. Plantó algún árbol. Dibujó y leyó como siempre muchos libros. Tras la muerte de su madre volvió a Cartagena, ciudad en la que moriría en 2020. 
De sus últimos años, destaca una cierta voluntad de aislamiento –aunque con los parientes del hogar paterno a corta distancia-, la entrega a su obra de forma absorbente y la fuerte amistad y cariño que le unía a su hermana Mª Lourdes. Sus relaciones sociales fueron básicamente epistolares. Digna de constatar fue la labor de sus dos valedores, Francisco Gallardo desde Barcelona y el gran narrador Hipólito Navarro desde Sevilla. No solo por el empeño y la fidelidad en reivindicar la obra de Desmonts como escritor, sino por la paciencia de pasar sus manuscritos a ordenador, aparato que había abandonado en un momento de impaciencia y que no volvió a usar. Después de su muerte, dejó escritos inéditos y una abundantísima producción de dibujos, los “monos”. El impacto por su calidad expresiva y formal, perfeccionismo y cantidad es grande. Una legado que conviene preservar.

Antonio Juan Desmonts Gutierrez

Dibujos, 

Proceso creativo

Las obras gráficas de Desmonts no estaban pensadas en principio para el público. Él usaba siempre papeles y cartulinas, todo reciclado: paquetes de cajetillas Ducados, cajetillas de papel Smoking, invitaciones, anuncios, listas de la compra, frases escritas para retener una idea (a menudo destinada a sus textos literarios), etc. Desde una forma previa o de un trazo propio surgía una “expansión”. Esa expansión podía tomar las formas más sorprendentes: geométricas, delicadas, groseras... y de inspiración diversa. Con el tiempo, aparecen formas concebidas de modo más consciente, pero sus “monos” –así llamaba a su obra el propio autor-, siempre de tamaño reducido, o muy reducido, producen al reunirlos unos conjuntos que bien podrían merecer el título “losetas del inconsciente”.